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jueves, 26 de mayo de 2011

DAME 15 MINUTOS

Antes que nada quiero agradecer nuevamente a todos los que me apoyaron en esta nueva prueba que pude saltar el último lunes 23 de mayo.
Dentro de mis mail, una amiga muy querida de México, León, Guanajuato; me envió esta bellísima oración que quiero compartir con ustedes. Dios quiera que les trasmita la misma paz, serenidad, que me dio a mí al recibirla.

No escribiré en esta oportunidad algo mio, porque en verdad siento que debo agradecer mucho a Dios por ayudarme permanentemente en cada paso que debo transitar.
En esta oracion puse a mis médicos, enfermeras/os, camillero del Sanatorio San Miguel, sector U.C.O. Para ellos mi más profundo agradecimiento por tanta dulzura, calidez y calidad humana como profesional. Ya los nombraré a todos en una entrada especial para ellos

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15 minutos con Jesús

Estas aquí en mi presencia.
Háblame date estos momentos para mí.
Háblame hijo mío, Hija mía..
No es preciso, hijo mío, saber mucho para agradarme; basta que me ames mucho. Háblame sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus amigos, como hablarías a tu madre, o a tu hermano.
• ¿Necesitas hacerme alguna súplica en favor de alguien?
Dime su nombre, sea el de tus padres, el de tus hermanos y amigos; dime en seguida qué quisieras hiciese yo realmente por ellos.
Pide mucho, muchas cosas; no vaciles en pedir, me gustan los corazones generosos, que llegan a olvidarse de sí mismos para atender las necesidades ajenas.
Háblame con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar; de los enfermos a quienes ves padecer; de los extraviados que anhelas devolver al buen camino; de los amigos ausentes que quisieras ver otra vez a tu lado.
Dime por todos al menos una palabra; pero palabra de amigo, palabra entrañable y fervorosa. Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que salga del corazón.

• ¿Necesitas alguna gracia?
Haz, si quieres, una lista de lo que necesitas, y ven, léela en mi presencia.
Dime con sinceridad que sientes orgullo, pereza , que eres tal vez egoísta, inconstante, negligente..., y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos, pocos o muchos, que haces para sacudir de encima de ti tales miserias.
No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en el cielo tantos y tantos justos, tantos y tantos santos de primer orden que tuvieron tus mismos defectos! Pero rezaron con humildad, y poco a poco se vieron libres de sus miserias.
Tampoco vaciles en pedirme bienes para cuerpo y para entendimiento: salud, memoria, éxito feliz en tus trabajos, negocios o estudios... Todo eso puedo darte, y lo doy y deseo me lo pidas en cuanto no se oponga, sino que favorezca y ayude a tu santificación.
Hoy por hoy, ¿qué necesitas? ¿Qué puedo hacer por tu bien? ¡Si conocieses los deseos que tengo de favorecerte!
• ¿Te preocupa alguna cosa?
Cuéntamelo todo detalladamente.
¿Qué te preocupa?, ¿qué piensas?,
¿Qué deseas?

¿No querrías poder hacer algún bien a tus prójimos, a tus amigos a quienes amas tal vez mucho y que viven quizá olvidados de mí?
¿No te sientes con deseos de mi gloria?
Dime: ¿qué cosa llama hoy particularmente tu atención?
¿Qué anhelas más vivamente y con qué medios cuentas para conseguirlo?
Dime qué es lo que te ha salido mal, y yo te diré las causas del fracaso.
Hijo mío, soy dueño de los corazones, y dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, donde me place.
¿Estás triste o de mal humor?
Cuéntame tus tristezas con todos sus pormenores.
¿Quién te ofendió?, ¿quién lastimó tu amor propio?
¿Quién te ha menospreciado?
Acércate a mi corazón, que tiene el bálsamo eficaz para todas las heridas del tuyo. Cuéntame todo, y acabarás por decirme que, a semejanza de mi, todo lo perdonas, todo lo olvidas, y en pago recibirás mi consoladora bendición.
¿Tienes miedo de algo?
¿Sientes en tu alma tristeza?

Échate en brazos de mi providencia.
Contigo estoy, aquí, a tu lado me tienes; todo lo oigo, ni un momento te desamparo.
¿Sientes desprecio por las personas que antes te quisieron bien, y ahora, se alejan de ti, sin que les hayas dado el menor motivo?
Ruega por ellas, y yo las volveré a tu lado si no han de ser obstáculo a tu santificación.
¿Tienes alguna alegría que comunicarme?
¿Porqué no me haces partícipe de ella por lo buen amigo tuyo que soy?
Cuéntame lo que desde ayer, desde la última visita que me hiciste, te ha consolado y hecho como sonreír tu corazón.
Quizás has tenido alguna sorpresa agradable; quizás se han disipado algunos recelos; quizás has recibido buenas noticias, una carta, una muestra de cariño; quizás has vencido una dificultad o salido de un apuro... Obra mía es todo esto, y yo te lo he proporcionado.
¿Por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud, y decirme sencillamente como un hijo a su padre: gracias padre mío, gracias?
El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada verse correspondido.
• ¿Tienes alguna promesa que hacerme?

Puedo leer en el fondo de tu corazón. A los hombres se les engaña fácilmente —
a Dios, no. Háblame, pues, con toda sinceridad.
¿Tienes un propósito firme de no ponerte más en aquella ocasión de pecado?
¿De privarte de aquello que te dañó?
¿De no tratar más a aquella persona que turbó la paz de tu alma, haciéndote pecar?
¿Volverás a ser amable con aquella persona a quien miraste hasta hoy como enemiga?
Hijo mío, vuelve a tus ocupaciones habituales, a tu trabajo, a tu familia, a tu estudio..., pero no olvides la grata conversación que hemos tenido aquí los dos, en la soledad de la capilla.
Ama a mi Madre, que lo es tuya también, la
Virgen Santísima...
y vuelve otra vez a mí con el corazón más amoroso todavía, más entregado a mi servicio: en el mío encontrarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, nuevos consuelos.

Regresa a mí Y dame otros 15 minutos….


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1 comentario:

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

Ay mi querida Sil:

El se merece muchos, muchos minutos.

que linda Oración.

Cuanto vos quiero amiga del alma.

Besos, Montserrat